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El Mundo Salud 28.05.09
por Alejandra Rodríguez
ESTOS CENTROS PIDEN FACILIDADES Y COLABORAR CON EL SECTOR PÚBLICO PARA OFRECER SALUD A TRAVÉS DE LA ACTIVIDAD FÍSICA
Además de pastillas, los médicos están empezando a recetar ejercicio físico a sus pacientes, tanto para prevenir como para tratar problemas de salud. Al contrario de lo que cabría esperar, esto no está beneficiando a los gimnasios, al menos no a todos. Los que pertenecen al sector privado se quejan de que las instalaciones públicas, las asociaciones vecinales y algunos centros culturales que también ofertan actividades deportivas ejercen una competencia desleal. Supuestamente, este juego sucio comienza desde que se erige el polideportivo municipal. «No se construye en función de si ya hay otros gimnasios en la zona o de si es viable económicamente», relata Eduardo Méndez, presidente de la Federación Gallega de Empresarios de Gimnasios (FEGAEX).
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En cuanto a la cualificación de los profesionales que supervisan los ejercicios de los usuarios, así como los monitores que imparten las actividades dirigidas, también surgen discrepancias entre los polideportivos de titularidad privada y los públicos. Si bien para acceder a uno de éstos hace falta acreditar una formación y, en muchos casos, haber aprobado una oposición, en los primeros hay más manga ancha en ese sentido; algo que se convierte en un cajón de sastre cuando se supervisa el profesorado de asociaciones vecinales, en las que prima el voluntarismo más que la cualificación profesional. No obstante, una de las dificultades que se encuentran los monitores de las instalaciones públicas es la masificación de sus clases y actividades, así como la falta de material.
MASIFICACIÓN Los miembros de FEGAEX calculan que, mientras que un gimnasio privado tiene un monitor por cada 33 alumnos, una instalación pública tiene un profesional por cada 155 usuarios. «Eso, necesariamente, va en detrimento del servicio», apostilla el portavoz de esta entidad. «Yo tengo que buscarme la vida para conseguir la música de mis clases de aeróbic, casi todos los fitballs se han pinchado y no se han repuesto, no hay suficientes bicicletas para hacer ciclismo indoor y, para colmo, mis clases están masificadas, de manera que no puedo atender como me gustaría a todos los que acuden», corrobora Andrea, profesora de una instalación municipal. En cualquier caso, ninguna de las partes quieren que la sangre llegue al río. «Simplemente queremos que se nos den más facilidades para ofrecer un servicio de calidad sin que nos suponga la ruina; es más, creemos que la alternativa más razonable es establecer acuerdos de colaboración entre los dos sectores para cubrir a todo el mundo», relata Méndez.
Por si todo esto fuera poco, la sociedad General de Autores (SGAE) y otras entidades similares (hasta ocho) también sacan su particular tajada cobrando el canon por la música de las clases (normalmente remezclas específicas para hacer ejercicio a un determinado ritmo). «No nos negamos a pagar, pero creemos que lo lógico es una ventanilla única y que la tarifa se ajuste a la naturaleza de la actividad y al poco tiempo que se utilizan las canciones», dicen en FEGAEX.